Cuando el Hombre de Sal se viste de otoño
Y sale a pasear con su farol
y un paraguas roto,
se enfunda unos guantes y le quita la bufanda
a un paseante de piedra.
Hace ese sol frio de Madrid
que le gusta tanto al pasear por la Gran Vía,
y se hace de cristal para mirarse en el agua
de un charco al amanecer de otro día.
Cuando el Hombre de Sal se viste de otoño,
las hojas de alfombra le sirven
para escribir en el parque un poco de todo,
y encontrar las ardillas persiguiendo
adjetivos de marron vestidos
y ese verde oscuro que lo ilumina todo.
El Hombre de Sal es otoño,
enamorado a veces, amor siempre,
sonriente y tenáz, montaraz urbano,
dicharachero poeta de versos inventados
en el asfalto que siempre le propone
ilusiones sin nombre que llenar de pronombres.
Y en el otoño el Hombre de Sal se diluye,
antes de que el invierno de noche le inunde,
y su dulces versos de ella se enamoren,
por eso le escribe, cuando el sol luce,
y la noche le contempla, sonriendo plena.
El Hombre de Sal de otoño se viste,
y ella de largo le sonríe,
esperando estaciones,
esperando que le sorprenda,
vestido de frac o de viernes eterno,
de ópera y de bohemio,
¡qué mas da sin ya no hay miedo!
El Hombre de Sal se viste de Otoño
y desnuda su alma en cada verso,
en este septiembre que ya es eterno.
¡Que no se acabe! ¡Que no termine!
¡Que ya es todo nuestro!










