El Hombre de Sal y el Caballito de Mar
El Hombre de Sal se pierde
en los delicados ojos del Caballito de Mar
que le miran en la noche infinitos,
risueños, divertidos, dicharacheros,
le brillán en un mar de luceros,
en los que él, desear perderse quisiere.
No puede dejar de mirarla,
no puede, y la sal de sus labios probar,
su dulce piel rozar,
su cabello en sus manos enredar.
El Hombre de Sal en los brazos
del Caballito de Mar se esconde,
se relaja y no responde,
pues en su hogar le acoge.
En su pecho el latir de su fuerza
el Caballito de Mar le entrega
al Hombre de Sal en su paz,
en su descanso, en su nobleza.
Ya nada es más que el momento,
y en el, el Hombre de Sal se recrea.
No hay palabras en el océano de sus ojos,
no hay más que un profundo respirar,
en las burbujas de las crestas del mar,
y en ellas, su amor navega,
sin rumbo, sin destino,
sólo en el tiempo disfrutar,
y siempre quererlo alargar.
Diriase que fugáz el tiempo los deja,
en su felicidad disfrutar,
llegar al alba despiertos, entrelazados sus cuerpos,
selladas sus almas, callados sus versos,
quedos los labios en su silencio,
prestos su espacio a inundar
de nuevos espacios, de nuevos misterios,
misterios que no han de desvelar.
El Hombre de Sal se encuentra
en los delicados ojos del Caballito de Mar
que le miran en la noche infinitos,
risueños, divertidos, dicharacheros,
siempre en él atentos,
y de los que ya nunca, nunca,
su mirada quisiere apartar.










