El hombre de sal que no encontró fronteras en mareas imaginarias
El hombre de sal busca y no encuentra.
El hombre de sal un día desplegó su alas y voló desde acantilados espigados
junto a la orilla de un mar infinito que a sus pies se extendía...
El hombre de sal un día bajó al puerto y encontró un navío,
y se preguntó cómo sería el confín de lo desconocido.
Se montó en el velero y desplegó sus manos al viento.
Izó un ancla de pasado lleno y se escurrió por las nasas del puerto
hasta girar en el espigón que ya no es ni tierra, ni mar, si no desencuentro.
Y se encontró el mar frente a su proa... y su alma de aire de salitre quedó lleno.
El hombre de sal salió a buscar, y quiso encontrar los confines del mas.
Al llegar al espacio vacío inmenso en medio de la nada
se preguntó, ¿qué salí a buscar, si aquí sólo, sólo hay mar?
Así el hombre de sal busca, y busca, y no encuentra,
no encuentra en los límites del mar
las mareas que han de retornar.
Y busca, y no encuentra, en los límites de las mareas
las fronteras del hombre, del hombre sin sal.
Es el hombre de sal ese tránsfuga de mareas y de sus tierras prófugo
a las que nunca ha de olvidar. Amadas tierras de nunca jamás.
Es el rey de las mareas que nunca ha de reinar,
que su patría no tiene barreras ni fronteras en las mareas
que inventan los hombres que son de colores pero no tienen sal.
El hombre de sal, salió aquel día a navegar,
y navegó en busca de fronteras que nunca habría de encontrar,
mareas imaginarías por soldados malheridos de tierras creidas,
de montañas imaginadas, de fronteras ideadas,
dónde solo había, eso, hombres, tierras, mareas y mar.
Sólo el mar, sin fronteras en las mareas, sólo mar.










