Penumbras que se ciernen en la casa entre los almendros
A veces los vientos de tramuntana y embat cuando desatan sus iras,
se miran orgullosos y ciernen sus penumbras
sobre la casa entre los almendros que tiemblan
y se desprenden de esos pensamientos que eran alegres
para volver a la pesadumbre de cada día.
La casa se enfurece y se defiende de las iras que le traen
esos extraños que se presentan sin previo aviso,
y sin el menor respeto, despide a sus inquilinos,
sin modales, sin apenas un desmán.
Las penumbras se ciernen sobre los hombres
de esa tierra, junto a esa casa, y ella permanece,
se atrinchera pero ellos perecen.
La casa entre los almendros se encierra en sí misma
y ya ni te mira, desvía sus ojos a esos otros vientos,
y quieres huir, lejos de ella, a pesar del recuerdo
de esos almendros y de su tranquila belleza.
Esa calma te engaña, como esos almendros entre la casa,
que florecen para dar envidia pero que luego
te rechazan, te atrapan entre sus desnudas y secas ramas,
como un paraíso efímero, como un enemigo irascible.
Tierras y hombres de penumbras de desconfiados vientos
desde los que la casa entre los almendros
no es lo que parece, y te hiere, siempre te hiere.











