Aquellos largos días en la casa entre los almendros
La calma se hacía eterna y el tiempo calma
aquellos largos días en la casa entre los almendros.
Y yo aprendí a escribir, de esa otra forma, con ese otro ritmo,
pero los versos eran los mismos. La rima, casi similar.
Más vieja, más cansada, menos improvisada.
Aquellos largos días en la casa se sentían como
un largo paseo entre los interminables almendros.
Soy ese espíritu extraño, que te envia señales,
y las cuelga de esos pájaros que picotean insectos
en la casa entre los almendros,
ellos la llevan más allá de la última hilera de almendros,
donde el infinito agua empieza, pero vuelve,
siempre, como sin querer marcharse.
Y si yo dejo de escribir, los almedros se amotinan,
hacen un asedio a la casa, y nadie respira,
me envías su brisa y su frescor para recuperar mi aliento poetico.
Pero a veces los versos se quedan en blanco y ellos lloran,
en su camino a la arboleda, siempre alineados como su pena.
Y vuelven a los campos de almendros con el son de la tramuntana,
vuelven esperando escuchar los versos desde la casa,
e inician su cántico en la noche, con ese aroma,
para arrancar a la casa el aroma a poema que llene mi papel.
Me siento junto a la ventana y dejo que su cántico me llene,
con la nostalgia de mis calles urbanas, y se mezclan los entraños
recuerdos con esas nuevas notas.
Entonces inicio un largo paseo por entre los almendros
y al regresar, al regresar, duermo,
duermo un profundo sueño,
otro camino, del que al regresar, despierto,
de nuevo, a aquellos largos días en la casa entre los almendros.
Y recorde lo que olvidaba. Recordaba que no era yo,
que yo no importaba. Importaban mis versos.
Y con mis versus mi otra alma.











