Emigrante en tu tierra
Desde que vivo en Mallorca he aprendido mucho de cómo se siente un emigrante que deja atrás a su familia y amigos. Es una experiencia que todo el mundo debería experimentar. Por eso me gusta el programa Erasmus, por que permite a los muchachos aprender mucho de qué es vivir fuera de casa.
Lo más curioso es que añoro mas a mis amigos que a mi familia. Bueno, tampoco tengo una gran familia y cada noche hablo con mis padres que ya están mayores. Eso les acerca mucho. Pues es la misma rutina que cuando vivía en mi casa de Madrid. Salvo que cada sábado comía la paella de mi madre en su casa.
Pero los amigos, los verdaderos amigos, a ellos les echo mucho en falta. Esos a los que bastaba llamar para decir que te pasas un rato por su casa y acababas cenando y charlando hasta altas horas de la madrugada. Las interminables partidas de mus. A ellos a los que no tenía que contar nada por que estaban. Ahora no están. No llaman por teléfono para decir que viene a cenar y que prepares algo que ellos traen el vino y el postre.
Y esas largas charlas de política y ciencia, mis temas favoritos. Discutiendo por discutir, sabiendo que nadie convencería a nadie de que cambaira de postura pero eso era igual, lo importante era discutir, en el mejor sentido de la palabra. Con una copa de buen vino, un coñac y un café, hasta que el sueño llamaba a nuestra puerta y cada uno se marchaba a su casa. Y siempre era un hasta mañana, aunque pasarán cuatro semanas sin saber nada los unos de los otros.
Y pienso en esos emigrantes que dejan todo, no lo material que no tiene, lo más personal, sus mujeres, hijos y amigos, y se juegan la vida por una vida mejor. Eso lo hacemos en una tierra ue no es nuestra y que nos empeñamos de ponerla fronteras.
Ahora recuerdo como me sentía más cómodo en ciudades como Zurich o Londres cuando viajaba por trabajo, en el fondo sentía que la gente era más amable contigo, más acogedora. Por ejemplo, Suiza, siempre ha sabido integrar a su inmigrantes de forma que la segunda generación es ya tan Suiza como el chocolate.
En España nos empeñamos en ser Xenófobos con casi todo el mundo, aunque no queremos reconocerlo. Con los vecinos, con los gitanos, con todos... En mi caso, mi mujer y yo somos la peor combinación posible, foraster y estranger. Un foraster me dijo que en esta isla sólo puedes hacer cosas si al menos estas casado con uno de aquí, y que a pesar de eso, nunca había sido muy aceptado, siempre se sentía de fuera.
Una pena. La antítesis de la vieja hospitalidad mediterránea. Mi mejor amigo en la isla es californiano, lleva más de 20 años viviendo en la isla y me encaja su mentalidad con la mía. Recuerdo cuando estuve en San José en el décimo aniversario de la Internet Society, eran abiertos, lleno de tabernas que reunían a todo los que trabajan allí, los extranjeros con los locales... me pareció fantástico. No me extraña que allí se fraguen los mejores proyectos del mundo. Ir allí siempre ha sido mi asignatura pendiente.
Bueno, pronto se aproximan las elecciones europeas y creo que es un inutil esfuerzo por aparentar algo que no existe, el sentimiento europeo. Yo, siempre he creido en una europa fuerte, y me he sentido antes europeo que español, aunque madrileño por nacimiento. Pero antetodo me he sentido un ser humano, aunque a veces me gustaría ser otra cosa, un extraterrestre, si hubiera una civiliación mejor que la nuestra.











