Desde la casa entre los almendros
Desde la casa entre los almendros puedo escribir
y esbozar sueños, o diseñar puentes lejanos,
o imaginar espacios apenas inventados.
Puedo contemplar esas imágenes que le hacen diferente,
que le preservan la esencia a la vez que le reinventan
con un aspecto diferente, con un maquillaje de verano.
Desde la casa entre los almendros puedo crear
esos espacios nuevos que se convierten en esas
habitaciones diferentes, en esas otras vidas,
con esas otras ilusiones en ese cálido verano.
Tengo una nueva buhardilla, en la que me escondo,
mientras sigo imaginando, dedicando poemas
que escribo en sus paredes vírgenes, inmaculadas,
siempre apetecibles para llenarlas de pintadas.
Y desde ese nuevo mirador, desde el que observo las otras gentes,
que me mirán extraños, que me fruncen el ceño siempre preocupados,
y desde allí les hago gestos de que entren. Y pasan siempre de largo.
La casa entre los almedros siempre tiene la puerta abierta,
para recibir las visitas y los caminantes cansados,
las aves migratorias que se elevan desde su tejado,
enseñando su fachada, pero esperando compartir su ánimo.
Y una naranjada helada de paso.
Desde la casa entre los almendros, puedo,
quiero, salir al mundo, para reinventarlo, para preguntarme,
siempre, cómo se ve todo desde el otro lado.










